Inteligentes sí, pero no tanto

Inteligentes sí, pero no tanto

Manuel Calbet
Economista

Quizás seamos menos inteligentes de lo que pensamos.

La naturaleza se ha desarrollado desde un único punto a un Universo de dimensiones inconcebibles. La vida ha evolucionado desde una molécula autorreplicable a organismos enormemente complejos. Los animales tienen instintos sorprendentes, pero a gran distancia de la inteligencia humana. La humanidad ha sido capaz de viajar hasta la Luna, de desarrollar el pensamiento, la cultura, la ciencia y la tecnología, a la vez que ha transformado la naturaleza, para bien y para mal, ha formado sociedades cooperativas y también belicosas, dominantes y esclavizadoras.

Así pues, tenemos razones para pensar que estamos dotados de una inteligencia grande y fértil, pero también hay razones para admitir que no somos tan inteligentes como nos creemos, que nuestra inteligencia no es absoluta.

El cerebro humano es un mecanismo maravilloso pero tiene sus limitaciones y condicionantes, tanto en memoria como en razonamiento y en la toma de decisiones. Se guía por el principio del placer y es débil frente a las adicciones: drogas, alcohol, tabaco, sexo… ¡Cuánto cuesta salir de una adicción! Personas, sin duda inteligentes, son incapaces de dejar de fumar. En el cuerpo actúa un mecanismo de recompensa, se liberan hormonas placenteras y se tranquiliza el organismo, a la vez que se elaboran razonamientos de apoyo, como que es la forma de soportar el estrés, o que es un placer al que no se piensa renunciar; y se minimizan los aspectos negativos, convenciéndose de que se controla la adicción y que se puede dejar cuando uno se lo proponga, antes de que realmente haga daño.

Hay ideas que pueden funcionar en el cerebro con el mismo mecanismo que las adicciones, que son fuente de placer cuando se consigue el objetivo y de dolor cuando se frustra, y que filtran muy selectivamente los hechos y razonamientos, aceptando gustosamente los que apoyan la idea preconcebida y rechazando lo desfavorable, llegando a deformar la realidad para adaptarla al convencimiento previo. Obviamente, al facilitar Internet la selección de fuentes de información, la tendencia es seleccionarlas para reafirmar las creencias previas. Los creadores de contenidos son conscientes de este hecho, y algunos manipuladores falsean la realidad sabiendo que sus adictos les creerán. Se crean burbujas de pensamiento autoalimentadas, impermeables a cualquier razonamiento crítico.

Amin Maalouf escribió un libro titulado “Identidades asesinas”. Las identidades no tienen porqué ser asesinas, pero pueden ser la causa de conflictos cuando funcionan como una adicción. Aunque existen conversos, normalmente es en la infancia cuando se adquiere la identidad de clan, etnia, lengua, religión o club deportivo. Un fenómeno absolutamente natural, pero que puede derivar en el odio al contrario. Odio al equipo contrario, a la otra religión, a los que en la propia religión son considerados herejes, a la otra etnia, a los que hablan otro idioma. En ese momento desaparece la solidaridad humana, se recibe con gusto todo lo que refuerza nuestra forma de pensar, ignorando las críticas, y la desgracia del enemigo es fuente de placer.

La identidad grupal puede convertirse en un absoluto que predomine sobre cualquier otra consideración, sobre cualquier razonamiento. En ese sentido se asemeja a una adicción que lleva a los fanáticos del deporte a insultar a los contrarios y enfrentarse a ellos con violencia, a los fanáticos religiosos a eliminar a infieles y herejes, y a los fanáticos políticos a matar al que han declarado enemigo.

Pero seguimos considerando que la humanidad tiene toda la inteligencia posible.

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