En memoria Joan Prats

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In memorian de Joan Prats Catalá

“La verdadera alegría de la vida es el poder servir a un propósito que tu mismo reconoces como poderoso… ser una fuerza de la naturaleza en vez de un pequeño, febril y egoísta guiñapo de aflicciones y rencores quejándose de que el mundo no se dedica bastante a hacerlo feliz”
(Bernard Shaw)

Han pasado siete años de la partida de Joan. Y como no podía ser de otra manera miraremos hacia adelante desde el aprendizaje del pasado y la vivencia del presente, siempre mirando atrás con cariño, como decía Joan, pero que a la vista de la situación mundial se hace cada vez más difícil.

Quienes hemos tenido y tenemos el privilegio de seguir sus pensamientos y reflexiones no dudamos en la necesidad de tener esperanza en tiempos convulsos. Las guerras de baja intensidad no dejan de ser guerras. Y ellas tienen un paritorio de dolor, alli nace la muerte. Esa muerte que es simplemente eso, la no vida y ese es un momento de cada historia que no tiene geografía, color, ideología, la muerte es eso, dejar la vida y que el dolor alumbre haciendo que este mundo sea un poco mas sombrío.

Solamente la esperanza nos permite mirar hacia el futuro pensando que es posible un mundo mejor.

Basta dar una vuelta rápida por la prensa, las redes sociales, tu vecindario, tu ciudad, aquel páis, ese continente, aquella religión y la realidad golpea tan fuerte que se hace necesario anestesiar los sentidos y la rebelión ante la violencia, la inseguridad ciudadana, las democracias fracasadas, las tiranías ilustradas y las impostadas. Basta aguzar el oído un poco y los rios de tinta se mesclan con los rios de la corrupción explotando desde represas artificiales llamadas partidos políticos, encubriendo groseras actividades, expoliando recursos y el futuro de paises, encubiertos y encubridores, la justicia ciega, nunca tan bien retratada en la Diosa Themis. Bien retratada porque se interpreta desde el error de concepción de los valores, no está vendada porque busca la ecuanimidad para decisiones probas, está vendada porque no mira ni sanciona… La imagen de la balanza que sugiere la búsqueda de un resultado cierto y justo se ha desdibujado.

Hoy hay gobiernos inmersos en una cultura electoralista mas bien que en una cultura de buen gobierno, en el sentido de la búsqueda de una buena administración que al final sea capaz de hacer que la sociedad a la que se debe sea mejor. Ya no hay proyectos de país, hay más proyectos de poder.

¿Cómo tener esperanza? Cada vez hay mayores dificultades para ofrecer a la gente proyectos creíbles (en tanto que estén bajo el control de los propios Estados) de convivencia y bienestar.

Hemos de creer además en nosotros mismos, en nuestra posibilidad de ser creibles. Hemos de creer que se han de recuperar valores sustanciales al humanismo.

La necesidad de creer es ancestral, no hay sujeto humano que pueda vivir sin creer en algo, se llame lo que se llame. Hay multiplicidad de nombres para la creencia, Dios, ciencia, naturaleza, fe, religiones, mitos e incluso ateísmo, que cree que no existe Dios, y hemos de sumar las cosmovisiones y filosofías, orientales y occidentales. Estamos llamados a darle un sentido a nuestra existencia y no hay nadie que escape a esta necesidad.

Recordar a Joan tiene hoy mucho de ese sentido, el que nos ha dado su pensamiento y vida.

Tal como nos decía, “ del ideal del gobierno de la gente, por la gente, con la gente y para la gente, es decir, la democracia, pero de verdad. Todo para la gente pero sin la gente es despotismo, más o menos rudo o ilustrado. Las prácticas populistas y clientelares, la patrimonialización partidista de los aparatos administrativos, el abuso de la discrecionalidad en las intervenciones económicas, la falta de transparencia y rendición de cuentas ante la sociedad en general (y no sólo ante las propias bases partidarias), la falta de cultura de legalidad, la orientación de los beneficios sociales a la captura del voto y no a la generación de derechos ciudadanos… todo este conjunto de prácticas, independientemente de quienes sean sus autores, se encuentran muy alejadas del ideal del buen gobierno.”

Buen camino, peregrino…

Teresa Ossio Bustillos
Presidenta AIGOB


Joan Prats, siete años en el recuerdo

Hace siete años que nos dejó Joan Prats. El 29 de abril de 2010 quedó interrumpido en tierras castellanas su peregrinaje a Santiago de Compostela. Así quedó interrumpida también su trayectoria vital de profesor universitario, de teórico y práctico de la política, de pensador preocupado por el progreso de la condición humana. Y los que tuvimos la oportunidad de compartir experiencias nos vimos privados de una persona entrañable.
Nos ha parecido oportuno, desde esta asociación AIGOB que él creó, recuperar un texto del poeta Francesc Vicens, que tanto coincidió con él en la visión de los acontecimientos históricos. En particular, el compromiso personal ante la complejidad del mundo que vivimos, con una actitud optimista “a pesar de todo” y con la necesidad de “cultivar el humor en cualquier circunstancia”. Éste era el talante vital de Joan Prats y así lo queremos recordar.

Manuel Calbet
Director Gobernanza

RECORDANDO A JOAN PRATS

El recuerdo que tenemos de Joan Prats no se diluye en el tiempo, y por ello queremos expresarlo cuando se cumplen cuatro años de su partida. Leer mas…

Manel Calbet


Han pasado ya cuatro años desde Joan nos dejó y parece que fue ayer. Siento  su presencia en tantas cosas…  Leer mas…

Elena Flores Valencia


La esencia de Joan Prats era su radical compromiso con los valores cívicos de convivencia. El sentido de ciudadanía y de entrega a elementos profundamente democráticos caracterizaron toda su vida. Leer mas…

Jesus Lopez Medel


Hay historias que para ser contadas requieren su momento y su lugar. Esta es una de ellas. Leer mas…

Antonio Galiano Barajas


SOBREVIVIR EN TIEMPOS DE INCERTIDUMBRES Y MIEDOS

 Autor: Francesc Vicens

 La historia humana, una odisea para reducir nuestra incierta condición

El historiador de la economía y Premio Nobel Douglas C North propone considerar la historia humana como una odisea para reducir nuestra incierta condición. Ninguna de nuestras vidas está preprogramada y cada día puede traernos una sorpresa, un imprevisto, un accidente, una flor, una coz, un encuentro, un atentado, un desamor, un engaño… Y hoy más que nunca pues nuestras sociedades se han hecho más abiertas, interconectadas, complejas y dinámicas. Desde luego siempre ha habido vidas, sociedades y tiempos más inciertos que otros. Pero desde la gestación a la muerte ningún humano ha podido librarse de la incertidumbre y el miedo. Afortunadamente la evolución nos ha equipado para poder superar estas tensiones; aunque nos ha equipado desigualmente: genéticamente no estamos igualmente preparados para enfrentar la incertidumbre y el miedo.

Nuestra incierta condición siempre reclama certezas, seguridades, previsión. A construirlas dedicamos gran parte de nuestros esfuerzos y desvelos. Desde nuestra herencia genética y mediante la interacción con los demás vamos construyendo o destruyendo la confianza en nosotros mismos que es el recurso básico para gestionar las incertidumbres y miedos inevitables. Pero, además, en tanto que seres sociales, los humanos desarrollamos instituciones –civiles, mercantiles, políticas, laborales, sociales o culturales- que no son sino reglas de interacción orientadas a reducir la incertidumbre y a procurar seguridad familiar, vecinal, jurídica, política, comercial, social y cultural.

 

La búsqueda de verdades absolutas es un delirio que llama al totalitarismo

La búsqueda de seguridad es inherentemente humana y puede degenerar en delirio cuando, incapaces de gestionar la inevitable incertidumbre, perseguimos certezas absolutas de cualquier orden (religioso, político o cultural), que no son sino ilusiones para aliviar nuestras almas más atormentadas y afligidas. Estas ilusiones delirantes en busca de certezas y seguridades absolutas son la llave de paso de todos los impostores y de los totalitarismos de toda laya. La democracia, contrariamente, es (o debería ser) un campo institucional incompatible con el dogmatismo en el que compiten bajo reglas de deliberación y de respeto un número plural y cambiante de verdades. La democracia requiere, pues, de individuos y colectivos capaces de vivir y valorar la incertidumbre razonable en la que reside el fundamento del pluralismo. Sin esta capacidad, en tiempos altamente inciertos, el miedo nos atenaza e impide que florezca la libertad.

Punset ha afirmado rotundamente que la felicidad es ausencia de miedo. Pero no es así. La ausencia de miedo anuncia sólo el frío de la muerte. La vida, la evolución, creó el miedo para ayudarnos a sobrevivir. “El miedo guarda la viña” dice el viejo refrán. Es nuestro sistema de alerta temprana que ayuda a prevenir o a corregir actitudes y comportamientos. El miedo sólo nos anula cuando se presenta como pánico cerval paralizante ante el que nos sentimos incapaces de entender ni responder.

 

La libertad requiere capacidades para vivir la incertidumbre

La libertad es el fuego sagrado que los humanos han tratado siempre de arrebatar a los dioses. La facilidad con que hoy hablamos del derecho a construir y rectificar nuestra propia biografía nos hace olvidar que durante casi toda la existencia consciente humana la libertad fue una idea inexistente o aplicable sólo a los pueblos o a una aristocracia o minoría exenta de la dureza de ganarse la vida. Las comunidades primitivas vivieron bajo la pesada losa de la necesidad y para sobrellevarla generaron instituciones y culturas que reglamentaban minuciosamente la vida personal y colectiva según un único ideal de vida buena dejando escasos resquicios para la libertad personal. Las amenazas procedían siempre de otros grupos humanos o de los animales u otras fuerzas de la naturaleza a los que se invocaba más que exploraba. El terror a la muerte y el dolor por la pérdida de los seres queridos se aliviaban inventando creencias y rituales de reencuentro y de otras vidas. La fatigosa carga de la existencia para los más impedía que la majestad de la libertad alzara su vuelo.

Aún hoy, cuando se movilizan las masas miserables desocupadas, que viven bajo la opresión de las necesidades más básicas insatisfechas, semejan multitudes de zombies destructores encuadrados mecánicamente, sin duda ni vacilación posible, inhumanamente seguros, capaces de cualquier crimen, al servicio de cualquier causa totalitaria. La miseria individual se sublima en el potencial destructivo de las masas al servicio del líder capaz de activarlas por un “grandioso” proyecto de cambio, el único legítimo, del que no puede dudarse, por el que hay que dar hasta la vida, y que deslegitima a todos los demás proyectos –actuales o potenciales-. Los líderes totalitarios y las masas se han valido pero nunca han confiado ni gobernado a través de las instituciones. Su gran recurso de poder han sido el miedo y el terror. No pretenden el consentimiento libre de los gobernados sino su amedrentamiento. No hay espacio para la disidencia interna ni para el pluralismo de visiones y proyectos.

No hace más de dos o tres siglos que el republicanismo y el socialismo democrático están intentando extender el fuego sagrado de la libertad a todos los seres humanos. Rechazando a la vez los totalitarismos comunistas y fascistas han ido construyendo trabajosamente en unos países más que en otros el andamiaje institucional de la economía social de mercado y del Estado Democrático y  Social de Derecho en cuyo seno y con la ayuda de la ciencia y la técnica un número creciente de personas han dispuesto de los derechos suficientes para programar sensatamente su futuro, para vivir con expectativas creíbles una vida razonablemente predecible, larga y segura.

Pero estas personas se concentraron mayoritariamente en los países desarrollados y alcanzaron sólo a minorías de los países pobres. La globalización neoliberal acompañada de unas democratizaciones de mínimos aventaron la promesa de una universalización de la libertad impulsada principalmente por las fuerzas de los mercados globales. Se supuso que las oportunidades a generar compensarían ampliamente los daños inevitablemente causados en una especie de destrucción creativa promisoria a lo Schumpeter. Pero este proyecto de una nueva gran expansión y transformación capitalista después de la caída del Muro de Berlín en 1989 ha levantado grandes contradicciones antes apagadas por la guerra fría, ha generado otras nuevas no previstas, ha cambiado el mapa mundial de actores y conflictos y ha dado paso con todo ello a una nueva era de incertidumbres y vulnerabilidades.

 

El fin de los encantamientos neoliberales

El 11 de septiembre de 2001 marcó el comienzo del fin de las certidumbres o encantamientos del neoliberalismo en el mundo y especialmente en los Estados Unidos. Se inició una larga etapa de atrocidades, incertidumbres y sorpresas. El derrumbe de las torres gemelas, la invasión de Afganistán, Irak, los grandes escándalos corporativos, las crisis financieras, las falencias del capitalismo débilmente regulados, la conexión ya inocultable entre los grandes negocios y la política “democrática”… expresan en conjunto una pérdida de confianza de muchos ciudadanos norteamericanos en las instituciones, las políticas y los ideales y formas de vida de la era neoliberal. Luis Rojas Marcos, que ha sido Jefe de los Servicios de Salud Mental de la Ciudad de Nueva York expresa que los sentimientos de aprensión, miedo, duda y fragilidad han pasado a ser parte de nuestra vida normal, que la proporción de hombres y mujeres afligidos por síntomas de ansiedad, irritabilidad y desconfianza en el futuro ha aumentado entre el 15 y el 30 por ciento dependiente del país.

Los esquemas narcisistas y prepotentes sobre los que se levantó el pedestal de invulnerabilidad de los años 80 y 90 ya no se sostienen. Su derrumbe ha salpicado a muchas personas con sentimientos de temor, tristeza, desilusión y baja autoestima. El desvelo, la zozobra y el desconsuelo se han incrementado. El mundo se nos revela de repente tan amenazante como prometedor y, en ausencia de una gobernanza global efectiva y legítima, fuera de control. Pocas personas se atreven hoy a pronosticar cómo será su mañana, qué futuro les espera a sus hijos y seres queridos. Todos invertimos en prepararnos, ubicarnos, conectarnos lo mejor posible para gestionar la incertidumbre. ¿Cómo sobrevivir a estos sentimientos paralizantes de inseguridad y desasosiego que socavan nuestra serenidad y reducen nuestra confianza en la vida? Afortunadamente la madre evolución nos equipó genéticamente para el cambio.

 

Sobrevivir como individuos y como especie

Los humanos no estamos capacitados para sobrevivir en cualquier tipo de circunstancias sino sólo en las que nos ha tocado vivir. No somos temporalmente intercambiables. Los humanos de hoy no podríamos superar las condiciones de supervivencia de los de hace o de los de dentro de unas generaciones, y viceversa. Estamos equipados genéticamente para sobrevivir a muy largo plazo, pero no como individuos sino como especie. Como individuos sólo podemos aspirar a tener vidas largas, sanas y autónomas que “valgan la pena” dentro de nuestras circunstancias. Sobre la base genética de cada cual podemos desarrollar aprendizajes individuales y sociales que nos ayuden a sobrevivir en los tiempos y circunstancias más adversas. La evolución nos equipó para ello.

Pero los humanos, además de individuos, somos miembros de una especie con la que nos encontramos genéticamente conectados. Como individuos morimos, pero nuestros genes sobreviven en nuestros descendientes, aunque en combinaciones nuevas que forjan individuos únicos mucho mejor adaptados para continuar la odisea de la vida de lo que lo estarían nuestros simples clones. El goce entrañable que experimentamos al contemplar la descendencia familiar tiene un claro y hondo fundamento biológico. Como lo tiene la celebración de todo nacimiento que es siempre una promesa de continuidad y de renovación humana. Muchos de los temores sobre el futuro de la humanidad son temores de viejos que no expresan sino la incapacidad de los más mayores para sobrevivir en el mundo que se viene. Nuestros descendientes nunca son como nosotros y están mejor preparados e ilusionados para abordar el futuro. En sociedades abiertas y dinámicas el saber de los ancianos tiene un lugar, pero la acción y su dirección deberían abrirse al impulso de cuarentones constantemente renovados.

 

Genes y personalidad para sobrevivir el miedo

Pero, entretanto la humanidad sigue su curso ¿qué hacemos usted y yo en este aquí y ahora frente a la incertidumbre y los miedos desatados? El “conócete a ti mismo” es la primera regla. También puede ayudar el orteguiano “yo soy yo y mi circunstancia”. Seguramente, en las circunstancias actuales, el Oráculo de Delfos nos ordenaría un test genético pues es en nuestros genes donde radica entre un 30 y un 50 por 100, según autores, de nuestra capacidad para vivir la incertidumbre y superar los miedos y adversidades. Sabemos que los hermanos gemelos separados de sus padres al nacer y educados en entornos económico-culturales muy diferentes revelan sin embargo actitudes ante la vida muy similares registrando niveles de satisfacción o insatisfacción muy próximos.

Igualmente revelador resulta considerar a los niños que han crecido en entornos familiares y sociales de alto riesgo y, sin embargo, han resultado física y emocionalmente sanos y fuertes. Todos ellos registran tres rasgos de personalidad que les han ayudado a protegerse de las presiones estresantes del medio: la valoración positiva de sí mismos, la disposición optimista y un talante sociable y comunicativo. Miguel de Unamuno, en 1913, escribía en Del Sentimiento Trágico de la Vida que “no son nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas sino nuestro talante optimista o pesimista el que hace nuestras ideas. Para vivir razonablemente el presente necesitamos tener un sentido esperanzado del futuro pues cuanto más incierto y sombría se nos aparece el porvenir y el de nuestros hijos más vulnerables resultamos a la angustia que corroe la confianza en nosotros mismos y en el mundo. La desconfianza tiende a ponernos en una alerta y vigilancia constante que no nos deja relajarnos, interfiere nuestra capacidad de relación, debilita nuestro sistema inmunológico, nos causa trastornos digestivos, hipertensión, dolores varios, ansiedad, irritabilidad, mal humor, insomnio, tristeza, aislamiento, pensamientos negativos, dificultad para concentrarnos, en suma, nos impide gozar de la vida o nos impulsa a acudir al sucedáneo espúreo de las drogas varias.

Necesitamos creer que controlamos razonablemente nuestras vidas para alimentar la confianza en nosotros mismos y enfrentarnos más positiva y decididamente a los problemas. Por eso nos alegramos mucho más de lo que alcanzamos por nuestras propias acciones que de lo que nos llega independientemente de nuestras expectativas y esfuerzos. Queremos ser los forjadores de nuestros propios destinos y, por ello, las personas sanas valoran la libertad y prefieren hacer lo que les gusta a poseer lo que desean. Las personas que piensan que hagan lo que hagan nada cambiará tienden a la depresión y la apatía. Todos los regímenes totalitarios tratan de multiplicar este tipo de personas mediante el terror y el miedo segando así la hierba bajo los pies de la posible oposición. El ‘nada se puede hacer’ fomenta en nosotros un estado de vulnerabilidad emocional constante que constriñe el horizonte de nuestras aspiraciones.

 

Falacias para la desesperanza. Algunos antídotos

Es cierto que no controlamos nuestros genes ni la familia ni el país ni el tiempo en que crecemos, pero la suerte no está echada: podemos aprender a moldear nuestra manera de ser para hacernos más sensatos frente a las incertidumbres, miedos y adversidades. Porque lo sensato no es lamentarnos de la vida sin considerar sus bienes sino celebrarla tras haber avaluado sus males. No hay falacia mayor que considerar que hemos venido al mundo a sufrir, que la vida es un valle de lágrimas. Charles Darwin ya fue terminante al respecto (Autobiografía, 1876): “A mi juicio la felicidad predomina… si la mayoría de los miembros de una especie sufriese mucho, no se propagarían… Por regla general todos los seres vivientes han evolucionado para estar contentos”.

Otra falacia que nos lleva derechos a la desesperanza y se retroalimenta con ella es que ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’, que vivimos en los peores momentos de la historia y que el futuro se vislumbra aún peor. Pero todos los agoreros del destino siniestro de la humanidad han errado rotundamente. La mayoría nos sentimos bien en la vida, ‘a pesar de todo’. Y aunque es verdad que en nuestro tiempo, como en todos los de cambio profundo, se han incrementando los sentimientos de inseguridad, desasosiego e indefensión, podríamos exclamar con Mercedes Sosa ¿Quién dijo que todo está perdido si venimos a ofrecer el corazón? ¿Cómo hacerlo? No desmoralizándonos, ni resignándonos, ni negándonos, ni ignorando nuestras posibilidades de mejorar las circunstancias esclavizadoras del presente.

 

Renazcamos ofreciendo el corazón

Lo que nos imaginamos casi siempre suele ser peor que la realidad. Nuestras angustias suelen proceder más de los temores imaginarios que de las amenazas reales. Para tener firmes los pies en el suelo hay que aprender a poner en perspectiva las circunstancias que nos conmueven. Muchos medios y sus informadores y analistas son prisioneros de sus intereses y temores obsesivos, presentan los hechos con rencor, negatividad o desde el ejercicio abyecto del poder de propaganda totalitaria, sin menor reparo por el uso de las mentiras más groseras. La realidad promisoria no emergerá si no aprendemos a poner las informaciones en perspectiva y, si lo conseguimos, mejorará nuestra actitud y equilibrio emocional.

“En el rocío de las cosas pequeñas el corazón encuentra su alborada y se refresca” (Jalil Gibran). Por mucha aflicción que los tiempos traigan no debemos prescindir de alguna rutina para disfrutar momentos placenteros. Y como ‘la existencia solitaria es una prisión insoportable’, en tiempos de incertidumbre hemos de tender a superar el aislamiento y practicar más que nunca diversas formas de convivencia solidaria pues ello es lo que puede aumentar nuestra confianza y eliminar muchos de nuestros temores. Agruparnos y fusionarnos emocionalmente nos ayuda a soportar mejor las amenazas y desgracias. Hablarnos cálidamente, rebajando nuestros mecanismos de defensa, disminuye los sentimientos de incertidumbre y miedo que forman la trama de nuestras pesadillas.

Cultivar el humor es fundamental en cualquier circunstancia. Victor E Frankl en su conmovedor libro El Hombre en Busca de Sentido, 1946, relata que “…en el campo de concentración había sentido del humor. El humor es una de las armas con las que el alma lucha por su supervivencia…” El sentido del humor permite apreciar las contradicciones y las ironías de la vida, alivia el miedo y la inseguridad, nos alegra la vida y probablemente la prolonga. Intentemos la risa, sobre todo de nosotros mismos y del dramatismo de nuestras situaciones, pues ese don de la naturaleza libera tensiones, descarga ansiedades y temores y ayuda superar situaciones estresantes.

Movámonos. Segreguemos serotonina en el cerebro que tiene un probado efecto antidepresivo y agudizante de las funciones intelectuales. La huida al alcohol, las drogas u otros placebos más o menos tradicionales no hará sino rebajar los niveles de autoestima y mantenernos en la afligida vivencia del temor sin esperanza. Porque, al final, hermanos, no hay redención sin compromiso. ¿Para qué servirá todo esto si no es para construir renacidos, sobre bases nuevas, la fuerza colectiva capaz de superar las fuerzas del miedo que hoy nos oprimen? Como dice el antiguo proverbio chino ‘independientemente del peligro, en el corazón de toda crisis se esconde una gran oportunidad. Abundantes beneficios esperan a quienes descubren en secreto de la oportunidad en la crisis’ ¿Aún no la ven, hermanos? No busquen atrás. No hay vuelta al pasado. Renazcan, porque nuevas han de ser las gentes, las ideas y las armas que rompan los espejismos populistas y los miedos que polucionan.

 

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