Tolerancia y responsabilidad intelectual

Autor: Karl Popper

Presentación: Joan Prats

El texto que presentamos es el de una conferencia que Popper pronunció en Tubinga en 1984 y que repitió en diversos lugares del mundo. Se trata de un texto fundamental para el debate democrático de nuestro tiempo. No hay democracia sin pluralismo y este pluralismo o racionalismo crítico-evolutivo requiere de la tolerancia con sólo una excepción: no puede haber tolerancia con los fundamentalistas intolerantes violentos y crueles. Ahí está precisamente el límite del proyecto democrático, es decir, del proyecto humano de convivir en libertad, en pluralismo y en igualdad.

Nota de presentación de Joan Prats

Karl Popper (1992-1994) es uno de los intelectuales más destacados del siglo XX. Dos son sus obras más decisivas en las que se contiene la síntesis y la matriz de todas las restantes: La Lógica de la Investigación Científica y La Sociedad Abierta y Sus Enemigos. La derecha liberal ha tratado de apropiarse de su legado intelectual. Pero Popper no es Hayek. Tomó de éste la idea de los órdenes espontáneos, pero nunca aceptó la capacidad de los mercados para autoregularse y creyó siempre en la necesidad de una razonable intervención estatal ajustada a las circunstancias de cada tiempo y país. Popper fue afiliado a las juventudes socialistas austríacas y hasta por un breve tiempo perteneció al partido comunista. Ya en su madurez nunca dejó de compartir las razones de la socialdemocracia manteniendo, por ejemplo, una larga relación con Helmut Schmidt. De hecho, ningún verdadero demócrata, de derechos o de izquierdas, ha podido prescindir de la inspiración de su obra.

Popper nos hizo ver que el conocimiento científico es sólo una suma de “verdades” provisionales que construimos no por verificación sino por falsación, que todo conocimiento “científico” es, por definición, provisional e incierto. Es como aquel viejo cuento en el que un ciudadano corriente pregunta a un gran sabio de Grecia ‘Dime oh Kalikatres sapientísimo ¿qué es la ciencia?’. ‘La ciencia, hermano, es un repertorio de mentiras que aún no hemos demostrado que lo son’. ‘Entonces oh Kalikatres ¿por qué le hacemos tanto caso?’. ‘Fácil, hermano, porque han sustituido a otras mentiras que ya hemos demostrado que lo eran’.

Newton, Descartes, Condorcet o Marx mantuvieron otra idea de la ciencia: creyeron que la “verdad” podía ser descubierta científicamente, que la naturaleza y la historia respondían a leyes que una vez descubiertas por la ciencia legitimaban a quien las descubría y poseía a aplicarlas a como diera lugar para el bien de la humanidad. Esta posición de la filosofía y de la ética occidental es la responsable de gran parte de las tragedias mundiales del siglo XX y de algunas terribles de comienzos del siglo XXI atribuibles a los nazismos o fascismos, a los materialismos históricos o a los fundamentalismos identitarios o religiosos.

Popper indaga en la historia de la filosofía para trazar los orígenes del totalitarismo que había desembocado en la guerra y en la radical crisis del pensamiento occidental. Es notable que, desde sus primeras páginas, Popper aborda el problema armado de un firme optimismo respecto a la naturaleza humana, pues afirma que el pensamiento totalitario y la destrucción asociada a él nacen del empeño sincero de los hombres en mejorar su condición y la de sus semejantes, si bien su buena voluntad descarrila al ser guiada por filosofías utópicas y metodológicamente equivocadas.

Este reconocimiento moral que Popper otorga a sus adversarios ideológicos es particularmente visible en la consideración con la que trata a Karl Marx puesto que, si bien puede considerarse a La sociedad abierta y sus enemigos una acerada crítica al marxismo, el pensador vienés reconoce en Marx un sincero interés en mejorar las condiciones de las clases humildes, así como valiosas aportaciones a la sociología, en el sentido de convertirla en una ciencia autónoma que dispone de sus propias categorías (tales como las instituciones) y que queda felizmente despojada del psicologismo de Stuart Mill.
Popper plantea una interpretación de la historia del pensamiento político basada en la confrontación entre dos escuelas o visiones del mundo: a) una reaccionaria, que añora una comunidad cerrada y perfecta, heredera de la tribu. Platón (tomando los antecedentes de Heráclito) es su máxima expresión, seguido de Aristóteles y reeditado en el pensamiento moderno por Hegel (al cual, aparte del tono claramente sarcástico y cómico de su análisis, no le reconoce absolutamente nada) y b) otra racional y crítica, que nació en la Antigüedad clásica con la «Gran Generación» de la época de Pericles, a la cual pertenecen Sócrates y Demócrito. Dicha visión reconoce el limitado conocimiento humano a la cual atribuye el auténtico espíritu de la ciencia. (Wikipedia)

Es obvio que todo el que se cree en posesión de la verdad, ya sea científica o religiosa, se siente “moralmente” obligado no sólo a defenderla sino incluso a imponerla a todo aquél que viva en el error, en el pecado o en la maldad. Estos tipos tienen de plomo las calaveras y no se permiten duda ni vacilación. Para ellos sólo cabe el alineamiento militante y la disposición al combate –por la persuasión o la fuerza- contra todos los que aún no entienden o se oponen al proceso que ha de conducirnos a la luz, a liberarnos de una vez de todas las cadenas que han oprimido la condición humana desde el inicio de la historia.

La degradación humana y los crímenes a que pueden conducirnos estos fundamentalismos están bien documentados aunque en absoluto erradicados. Sus fieles suelen decir que si no se cree en “la” verdad se cae inevitablemente en el relativismo científico y moral, en el que puesto que todo es relativo, nada es verdadero, ergo todo vale. Los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI han denunciado reiteradamente el relativismo moral de Europa Occidental como la causa fundamental de lo que ellos llaman su decadencia y degradación ética, independientemente de que allí se encuentren los países más libres, iguales y con mayor nivel de desarrollo humano del mundo.

Pero Popper en absoluto es un relativista. Rechaza la soberbia pretensión de que los humanos podamos poseer –por ciencia, alumbramiento, revelación o tradición- verdades indiscutibles e inamovibles que no nos cabe sino reconocer, aceptar e imponer. Popper cree que existe la verdad y que hay que combatir el relativismo que impide el progreso científico y moral de los humanos. Popper es racionalista, cree en el uso de la razón humana para obtener conocimientos y criterios morales más aproximados a la verdad. Para ello hace falta libertad y disposición a discutirlo todo críticamente. Su racionalismo ha sido calificado de crítico o evolutivo porque parte del supuesto de que, aunque por los métodos de la ciencia, podemos avanzar extraordinariamente nuestro conocimiento, éste siempre será incierto y debe por ello quedar sometido permanentemente a la crítica que más pronto que tarde conseguirá su falsación y sustitución por otras proposiciones mejor fundadas.

Podemos influir u orientar el cambio institucional en la misma medida en que podemos orientar e influir la acción colectiva. Pero el cambio institucional que concretamente se produzca no está determinado ni por ninguna supuesta ley histórica ineludible, ni por ninguna mente central planificadora (inevitablemente incompetente). Las teorías del fatalismo histórico o las que al confundir la sociedad con una organización creen que el futuro de la sociedad puede ser planificado o conspirado no son sólo intelectualmente erróneas. Su peligro más grave es que conducen al desarme moral de los pueblos al transferir a la historia o a los planificadores (inevitablemente autoritarios y supuestamente benévolos) la responsabilidad de decidir el futuro de todos. La referencia a la grandeza intelectual y moral de Popper me parece aquí obligada. En particular, su distinción entre la ingeniería social utópica y la ingeniería social gradual resulta del todo pertinente a la hora de explorar los métodos intelectuales del cambio institucional. Citemos a Popper:

«El político que adopta la ingeniería utópica comienza exigiéndose la meta política última, o estado ideal, antes de emprender acción práctica alguna. Sólo una vez establecida la meta, aclarado el proyecto de sociedad al que se aspira llegar, comienza a considerar el camino y los medios más adecuados para su materialización y a trazar el plan de acciones prácticas. La ingeniería utópica pretende hacer tabla rasa de la sociedad pasada y presente para reconstruirla íntegramente. Su supuesto básico es la posibilidad de la planificación racional del desarrollo total de la sociedad. Y su instrumento necesario el gobierno benévolo, fuerte y centralizado, de un corto número de personas. El supuesto básico es intelectualmente incorrecto. El instrumento requerido la fuente de la derivación totalitaria.

El político que adopta, en cambio, la ingeniería social gradual puede haberse trazado o no mentalmente un plano de la sociedad y puede o no esperar que la humanidad llegue a materializar un día ese estado ideal y alcanzar la felicidad y la perfección. Pero siempre será consciente de que la perfección, aunque avance hacia ella, se encuentra lejana y que su ideal cambia con las generaciones, y que cada generación, incluida la presente, tiene su derecho. Quizás no el derecho de ser felices, pues no existen medios institucionales de hacer feliz a cada individuo, pero sí el derecho a recibir toda la ayuda posible en caso de sufrimiento. La ingeniería gradual adaptará en consecuencia el método de buscar y combatir los males más graves y serios de la sociedad, en lugar de encaminar todos sus esfuerzos hacia la consecución del bien final. Esta diferencia es de la mayor importancia: es la diferencia que media entre un método razonable para mejorar la suerte de la humanidad y un método que, aplicado sistemáticamente, puede conducir con facilidad a un intolerable aumento del padecer humano. Es la diferencia entre un método susceptible de ser aplicado en cualquier momento y otro cuya práctica puede convertirse fácilmente en un medio para posponer continuamente la acción hasta una fecha posterior, en la esperanza de que las condiciones sean entonces más favorables. Y es también la diferencia que media entre el único método capaz de solucionar problemas, en todo tiempo y lugar, según lo enseña la experiencia y otro que, dondequiera que ha sido puesto en práctica, sólo ha conducido al uso de la violencia en lugar de la razón.» (Popper, La Sociedad Abierta y Sus Enemigos, 1985, 157-160)

Popper refuerza estas afirmaciones advirtiendo que la naturaleza convencional de las normas e instituciones no implica su naturaleza arbitraria. «Convención» no significa «arbitrariedad». Las instituciones son humanas no en el sentido de que han sido conscientemente construidas por determinados hombres, sino en el de que los hombres siempre podemos valorarlas y modificarlas, que es lo mismo que decir que la responsabilidad por su vigencia es sólo nuestra.

«Las instituciones y las normas que las expresan pueden ser hechas y alteradas por el hombre, pero no arbitrariamente. El hombre las hace y las altera por una decisión o convención de observarlas o modificarlas. Por eso el hombre es el único responsable moral de las mismas. No quizás de las normas institucionales cuya vigencia en la sociedad descubre cuando comienza a reflexionar por primera vez sobre las mismas, sino de las normas que se siente dispuesto a tolerar después de haber descubierto que se halla en condiciones de hacer algo para modificarlas. Decimos que las normas son hechas por el hombre en el sentido de que no debemos culpar por ellas a nadie, ni a la naturaleza ni a Dios, sino a nosotros mismos. Nuestra tarea consiste en mejorarlas al máximo posible, si descubrimos que son defectuosas. Esta última observación no significa que al definir las normas como convencionales queramos expresar que son arbitrarias o que un sistema de leyes normativas puede reemplazar a cualquier otro con iguales resultados, sino, más bien, que es posible comparar las instituciones sociales existentes con algunas otras modelo que, según hemos decidido, son dignas de llevar a la práctica. Pero aun estos modelos nos pertenecen en el sentido de que nuestra decisión en su favor no es de nadie sino nuestra y de que somos nosotros los únicos sobre quienes debe pesar la responsabilidad por su adopción. La naturaleza no nos suministra ningún modelo, sino que se compone de una suma de hechos y uniformidades carentes de cualidades morales o inmorales. Somos nosotros quienes imponemos nuestros patrones a la naturaleza y quienes introducimos, de este modo, la moral en el mundo natural, no obstante el hecho de que formamos parte del mundo. Si bien somos producto de la naturaleza, junto con la vida la naturaleza nos ha dado la facultad de alterar el mundo, de prever y planear el futuro y de tomar decisiones de largo alcance, de las cuales somos moralmente responsables.» (Popper, La Sociedad Abierta y Sus Enemigos, 1985, 70-71).

El texto que presentamos es el de una conferencia que Popper pronunció en Tubinga en 1984 y que repitió en diversos lugares del mundo. Se trata de un texto fundamental para el debate democrático de nuestro tiempo. No hay democracia sin pluralismo y este pluralismo o racionalismo crítico-evolutivo requiere de la tolerancia con sólo una excepción: no puede haber tolerancia con los fundamentalistas intolerantes violentos y crueles. Ahí está precisamente el límite del proyecto democrático, es decir, del proyecto humano de convivir en libertad, en pluralismo y en igualdad.

www.fulide.org.bo/fulide/biblioteca/intelectual.pdf

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