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Elecciones en Reino Unido: una elección sin oposición

Ignacio Varela
Sociólogo

Lo que realmente hace May es usar un recurso tan antiguo como la política: el Reino Unido afronta una negociación difícil con la Unión Europea y se supone que su Gobierno está llamado a defender el interés nacional, en solitario frente a una coalición extranjera de 27 países. Es la vieja y golfa llamada patriótica: una apelación al reflejo instintivo de la sociedad a cerrar filas en torno a sus líderes cuando se enfrentan a un enemigo exterior.

En España, la anticipación de las elecciones se asocia a situaciones en las que el Gobierno está en una crisis insalvable. La tradición británica es opuesta: casi todas las convocatorias prematuras han buscado aprovechar el momento más favorable para ampliar una mayoría escasa o legitimar personalmente a primeros ministros sobrevenidos que no habían pasado por las urnas, como Theresa May.

Para contener esta práctica, en 2011 se aprobó la Fixed-term Parliaments Act, que solo permite interrumpir la legislatura en dos supuestos: cuando el Gobierno pierde una moción de confianza en el Parlamento o cuando dos tercios de la Cámara votan a favor de la convocatoria.

Theresa May anuncia elecciones anticipadas para el 8 de junio en Reino Unido
Así que este miércoles la Cámara de los Comunes votará sobre la propuesta de Theresa May de llamar a las urnas el 8 de junio; y la oposición podría frenar la convocatoria negando su autorización. Pero no lo hará. Corbyn ya ha anunciado el voto favorable de los laboristas, lo que garantiza de sobra los dos tercios necesarios. No hay valor para rechazar una llamada a las urnas, pese a que hoy mismo, en medios tan influyentes como ‘The Guardian’, se afirme que, más que una elección, esto es un golpe.

Esta convocatoria responde a ese propósito de sacar partido de las circunstancias. Los conservadores tienen una mayoría absoluta de 331 escaños sobre 650, que les permite gobernar sin apuros. Pero esta vez no va de eso. Lo que realmente se pretende es cerrar para siempre el debate sobre el Brexit, transformando lo que fue una exigua mayoría en el referéndum (51,9% frente a 48,1%) en una victoria aplastante. Una segunda vuelta del referéndum, disfrazada de elecciones generales, cuando no existe una oposición merecedora de tal nombre y los supuestos adversarios del Brexit están huidos, políticamente cautivos y desarmados.

En efecto, la ocasión la pintan calva para May:
Los ‘tories’ están unidos tras el Brexit, aunque algunos protestan tímidamente por la estrategia dura del Gobierno.

El partido laborista está desplomado, y lo estará mucho más el 9 de junio. En la práctica, se ha despedido de su condición de alternativa de gobierno para una generación.

Los liberal-demócratas no suponen ninguna amenaza para la hegemonía conservadora. Pueden dar gracias si consiguen retener los ocho escaños que obtuvieron en 2015.

El UKIP, tras el triunfo de sus tesis eurófobas en el referéndum, se ha quedado sin su razón de ser. Sus principales líderes se quitaron de en medio y los ‘tories’ les han arrebatado todas las banderas. Murieron de éxito.

El discurso de Theresa May ofrece casi todas las claves de esta decisión:
Pide “unidad en Westminster” para llevar adelante el Brexit. No mayoría, sino unidad sin fisuras y sin matices. En realidad, la tuvo: cuando pidió autorización para enviar a Bruselas la carta de ruptura recibió 498 votos favorables, entre ellos los de Corbyn y la mayoría de los laboristas.

Lo que quiere es tener manos libres para negociar a su antojo sin nadie que la estorbe dentro, y para ello necesita una victoria contundente y disuasoria

Pero ella pinta otro escenario. Los laboristas, dice, amenazan con votar contra el acuerdo final al que se llegue con Bruselas. Ojalá fuera cierto, pero no lo es: el sumiso Corbyn ni siquiera se ha atrevido a eso. May se defiende preventivamente de una idea sensata de Tony Blair, que propone una nueva consulta una vez que se conozcan los términos exactos del acuerdo. Lo que quiere es tener manos libres para negociar a su antojo sin nadie que la estorbe dentro, y para ello necesita una victoria tan contundente como disuasoria.

Lo que realmente hace May es usar un recurso tan antiguo como la política: el Reino Unido afronta una negociación difícil con la Unión Europea y se supone que su Gobierno está llamado a defender el interés nacional, en solitario frente a una coalición extranjera de 27 países. Es la vieja y golfa llamada patriótica: una apelación al reflejo instintivo de la sociedad a cerrar filas en torno a sus líderes cuando se enfrentan a un enemigo exterior.

Además, acaricia el sentido práctico de su gente: este es el momento de hacerlo, dice, cuando los europeos aún no han logrado ponerse de acuerdo sobre su posición negociadora. Opongamos nuestra unidad a su división.
Para ello, concluye, ‘make me stronger’, hacedme más fuerte. ¿Aún más?

Será una elección entre un liderazgo fuerte y estable, conmigo como vuestra primera ministra, o una coalición débil e inestable dirigida por Corbyn.

Pero el párrafo central de May es este: “La decisión que afronta el país es sobre todo sobre el liderazgo. Será una elección entre un liderazgo fuerte y estable por el interés nacional, conmigo como vuestra primera ministra, o una coalición débil e inestable dirigida por Jeremy Corbyn”.

May sabe muy bien lo que hace cuando lo plantea así. En realidad, el Reino Unido se ha convertido en un sistema monopartido. No existe en el horizonte una alternativa de poder viable y deseable; lo sabe ella y lo sabe el mundo entero.

Ahora se ve en toda su dimensión el desastre de Corbyn. Ha hecho algo peor que conducir a su partido a las catacumbas: ha dejado a todos los que votaron a favor de Europa (casi la mitad del país) huérfanos de una representación política creíble y operativa que defienda sus ideas. Si usted es ciudadano británico europeísta y sigue pensando que el Brexit es una calamidad, en estas elecciones no tiene a quién votar. Gracias, Jeremy.
Si usted es ciudadano británico europeísta y sigue pensando que el Brexit es una calamidad, en estas elecciones no tiene a quién votar. Gracias, Jeremy.

Hace poco escribí en este blog que últimamente todas las elecciones son plebiscitos encubiertos. Esta lo será más que ninguna otra; y con su planteamiento ventajista, May lo va a ganar de forma abrumadora.

La más amplia mayoría parlamentaria de los conservadores la logró Margaret Thatcher en 1983, con 389 escaños. En esa misma elección, los laboristas obtuvieron su peor resultado desde la posguerra, solo 209 diputados.

Es muy probable que el 8 de junio ambas marcas sean ampliamente superadas. Los ‘tories’ pasarán cómodamente de los 400 escaños y los laboristas perforarán la barrera de los 200.

Más de 200 escaños de diferencia: un récord que solo logró el hoy denostado Tony Blair. Ahora se decía de quien consiguió para su partido tres mayorías absolutas consecutivas y 12 años de gobierno, que destruyó a la socialdemocracia, esa que, al parecer, salvarán personajes como Corbyn, Hamon o Sánchez, abonados a las derrotas. Así se escribe la historia.

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Este artículo ha sido publicado en el periódico digital “El Confidencial” y se reproduce aquí con autorización de su autor.

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