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Las encrucijadas colombianas

Carlos Malamud
Profesor de Historia de América. UNED (España)

En alguna medida el futuro de la paz con las FARC dependerá de la identidad del nuevo inquilino de la Casa de Nariño y de su voluntad de seguir adelante con un proceso que sigue provocando demasiados resquemores.

Colombia, más allá de sus grandes dificultades, logró en los últimos años responder adecuadamente a la magnitud de los desafíos planteados. Sin estridencias y de forma gradual los colombianos y sus gobiernos han solido escoger lo mejor para su futuro. Pese a las grandes dificultades que enfrenta y ha enfrentado el proceso de paz con las FARC sigue su marcha. La economía tiene un comportamiento más sólido que el de sus vecinos aunque el precio de los hidrocarburos y minerales se haya hundido. La apuesta por la apertura comercial y su vinculación a la Alianza del Pacífico continúa dando frutos superando algunos vaticinios agoreros.

Sin embargo, el país afronta retos inconmensurables que deberá resolver en los próximos años, al estar en juego el futuro de Colombia como proyecto nacional y el porvenir de sus habitantes. Para comenzar, una seria crisis de corrupción afecta a todas las fuerzas políticas prácticamente por igual. El escándalo Odebrecth se ha hecho sentir y de momento se cobró la candidatura del uribista Óscar Iván Zuluaga. Las sospechas, por diferentes casos, también afectan a los diferentes niveles del gobierno, al igual que al Legislativo y al poder judicial. En 2016 Colombia ocupó el puesto 90 de 176 en el Índice de Transparencia Internacional sobre percepción de la corrupción, con una puntuación de 37 sobre 100. El país mantiene el mismo puntaje desde 2014.

En 2018 habrá elecciones legislativas y presidenciales donde se dirimirán una gran cantidad de cosas, comenzando por la identidad y filiación partidaria del próximo mandatario y también la composición del Parlamento. ¿Reconquistará el uribismo el poder? ¿Se mantendrá la amplia coalición electoral estructurada en torno a Juan Manuel Santos o será solo un recuerdo del pasado? ¿Qué papel le corresponderá a la izquierda? ¿Se aliará finalmente con las FARC y buscarán un candidato de convergencia, como Piedad Córdoba, o cada parte concurrirá a la elección con sus propios candidatos?

En alguna medida el futuro de la paz con las FARC dependerá de la identidad del nuevo inquilino de la Casa de Nariño y de su voluntad de seguir adelante con un proceso que sigue provocando demasiados resquemores. Ahora bien, ante la evolución de los acontecimientos después de la derrota por la mínima de las posiciones gubernamentales en el plebiscito de octubre pasado, es muy difícil una vuelta atrás. Lo será también para el próximo gobierno, que debería pagar un elevado precio político en caso de retomar las hostilidades, salvo que se produzca un cambio radical en relación a lo que está ocurriendo en las últimas semanas.

También lo sería para las FARC, cuya cúpula está instalada desde hace meses en el territorio menos agreste de la política y cuyos cuadros medios y militantes de base han empezado a paladear las mieles de la calma y de la tregua. No en vano, por ejemplo, se ha producido una especie de baby boom dentro de las FARC, tras un cierto relajamiento de las políticas de control de la natalidad y de aborto voluntario (o forzoso) para las guerrilleras que quedaban embarazadas.

En las actuales circunstancias cada día sin guerra, cada día con avances en la desmovilización y el desarme, hace más complicada la vuelta al enfrentamiento armado. Es verdad que ya hay algunos problemas internos en las FARC, como las deserciones en algunos frentes, especialmente visibles en zonas de producción de coca, lo que da algún indicio de los verdaderos motivos de desafección con la línea oficial. Si bien en algunos casos la quiebra de la disciplina con la política de diálogo ordenada por la dirección se recubre de argumentos ideológicos (la traición a la lucha revolucionaria), lo que está en juego es la continuación de boyantes negocios e inclusive el reconocimiento social de unos guerrilleros que, llegado el momento de la paz, se convertirán en simples ciudadanos de a pie.

El narcotráfico y la minería ilegal de oro son dos de las actividades económicas más lucrativas impulsadas por las FARC en los últimos años y fuente de gran liquidez. Entre los sectores de dentro que quieren mantenerse en activo y los grupos de fuera (como el ELN o las bacrim -bandas criminales) que pretenden un pedazo de la tarta es fácil predecir fuertes tensiones en algunas zonas y un gran desafío para las fuerzas de orden público y para el propio aparato estatal.

El área cultivada de coca se ha extendido sin control entre 2012 y 2015. Prácticamente se ha duplicado, pasando de 48.000 a 96.000 hectáreas. Es tal la magnitud del desafío que Rafael Pardo, el ministro del Postconflicto, ha manifestado en Madrid que “la principal amenaza de la paz… es la coca”. No se trata solo de una amenaza a la paz, sino también a la relación con Estados Unidos, algo mucho más preocupante dadas las políticas erráticas de la administración Trump en América Latina.

Finalmente queda el reto económico. Hasta ahora Colombia ha eludido la recesión, en la que sí han caído otros países sudamericanos, como Argentina, Brasil, Ecuador o Venezuela. Y esto, pese a su excesiva dependencia de combustibles y minerales. El gran reto, desde este punto de vista es como diversificar la economía, como hacerla más productiva dotando de más valor añadido a sus exportaciones. La aprobación de la reforma fiscal tras el trauma del plebiscito fue un importante paso hacia adelante, pero no es suficiente. La paz, si se persiste en ese camino, y la construcción de infraestructuras son dos de sus mayores oportunidades para romper el techo de cristal que todavía atenaza su crecimiento. No deberían desaprovecharse.

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Este artículo ha sido publicado en Infolatam (www.infolatam.com) y se reproduce aquí con su autorización.

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