Para emprender las necesarias reformas administrativas en América Latina es preciso tener clara la diferencia entre organizaciones e instituciones. Los reiterados fracasos de los intentos de reforma han tenido su origen frecuentemente en la pretensión de implantar modelos organizativos incompatibles con las instituciones vigentes.
Karl Popper (1992-1994) es uno de los intelectuales más destacados del siglo XX. Dos son sus obras más decisivas en las que se contiene la síntesis y la matriz de todas las restantes: La Lógica de la Investigación Científica y La Sociedad Abierta y Sus Enemigos. La derecha liberal ha tratado de apropiarse de su legado intelectual. Pero Popper no es Hayek. Tomó de éste la idea de los órdenes espontáneos, pero nunca aceptó la capacidad de los mercados para autoregularse y creyó siempre en la necesidad de una razonable intervención estatal ajustada a las circunstancias de cada tiempo y país. Popper fue afiliado a las juventudes socialistas austríacas y hasta por un breve tiempo perteneció al partido comunista. Ya en su madurez nunca dejó de compartir las razones de la socialdemocracia manteniendo, por ejemplo, una larga relación con Helmut Schmidt. De hecho, ningún verdadero demócrata, de derechos o de izquierdas, ha podido prescindir de la inspiración de su obra.
El presente artículo pretende reflexionar sobre cómo algunas formas urbanas, en concreto lo que el autor denomina “urbanismo cerrado”, no preparan (no educan) a las futuras élites gobernantes para superar las actuales formas de segregación social. Según su autor, la ciudad dual no se da sólo entre lo formal y lo informal, sino que existe otra dualización, la “segregación por arriba”, fruto de la combinación del urbanismo cerrado y del automóvil privado, que nos debería importar mucho porque condiciona decisivamente el buen gobierno de la ciudad.
Para poder considerar democrático un país es insuficiente la existencia formal de elecciones. La falta de elementos de gobernanza – rendición de cuentas, imperio de la ley y control de la corrupción – permiten la captura del Estado por un grupo, con efectos devastadores sobre la economía, el nivel sanitario y la educación. Kaufmann, director de Global Programs and Governance del Banco Mundial, argumenta la necesidad de actuar en este sentido.
Se cuestiona en este artículo la perpetuación de los campos de refugiados, y se plantea la necesidad de que la ayuda internacional tenga un horizonte definido para superar las situaciones de crisis.